91:


Cuatro-dos-cuatro
Adelanten las líneas
Pacheco, libre

A mediados de los ochenta, cuando fue transferido al Yokohama Marinos, Benjamín “Gambeta” Oyarzábal descubrió el haiku. Los dirigentes del club de fútbol japonés pusieron sus ojos en él gracias a que su dribbling con pelota en velocidad dio la vuelta al mundo. Era un típico “cinco” de marca pero con ese plus de habilidad que lo volvía una pieza codiciada en cualquier equipo. En los ratos libres, Oyarzábal se solazaba leyendo haikus para familiarizarse con el idioma y quedó prendado de esta forma minimalista de poesía. ¿Cómo se puede expresar tanto en tan pocas palabras? —se preguntaba. Ya mayor y retirado de la vida futbolística activa, se le ocurrió aplicar el “estilo haiku” como director técnico.

Abran la cancha
Un libre y dos stoppers
Cuiden las marcas

Sus dirigidos se sentían más cómodos antes, cuando sólo les gritaban: ¡marcá!, ¡bajá!, ¡corré!.

90:


Solía decir que la vida es un constante y sucesivo desatar de nudos. Nacemos sujetados a un cordón —observaba— y ése es el primero de todos y el más difícil de desanudar. En verdad creía que el continuo desatar de nudos era en beneficio de una vida más libre. Una cita habitual en él mencionaba que “te enseñan a hacer el windsor y no ves la hora de aflojarte el cuello”. Y ahí tienen al matrimonio —proseguía—, que no en vano se le llama “enlace”. Decía que un nudo es útil para unir dos cuerdas y crear la ilusión de que es una, pero la atadura siempre se nota y es preciso que esté bien ceñida para que no se separen. Lo asfixiaba esa idea. Fue así que un día, tras despedirse de su esposa, se hizo un nudo en la garganta y se desató para siempre de la vida.

89:

No sé si Ahm lo sabrá, en todo caso se estará enterando en este momento, lo cierto es que con otro cortísimo de su autoría se cumple un año de este espacio.

Hay quienes no lloran, y ni suspirar siquiera saben. No tiemblan, ni se calientan las manos con el aliento en las tardes de frío, esperando el colectivo. Nunca encenderían un cigarrillo con fuego prestado, agradeciendo con la mirada y el mentón. A menudo quisieran dar la mano con un fuerte apretón, pero se quedan en un blando gesto. Caminan apurados, y casi siempre se comen las uñas. Suelen almorzar verduras crudas, y desayunan batidos energéticos. No son snobs, ni siquiera son tan trendy people, pero sonríen como si se tratara de una marca registrada. Los odio. Sé que no debiera, pero los odio. Con la efervescencia de un champagne que no destapo. Con la carencia de sutileza de un olvido. Como se odian los zapatos apretados y las uñas partidas. Porque me hacen recordar que las nubes tapan al sol, y que cuando llueve la ciudad se vuelve más pegajosa.

88:

Nuevo brevísimo de Ahm en el que plasma algunas de las pequeñas delicias de la vida conyugal.

Era una de esas tardes domingueras con sabor a poca cosa. Los de al lado, no hacían otra cosa más que discutir, y los gritos agudos y graves, según correspondiera, inundaban desde el pasillo hasta el comedor. Bernardo, harto, se preparó un café. Arrancaron con la suba de las expensas, y ya iban por la cuota del club, y cada camisa comprada, cada supermercado no debido, cada librito de cocina y repuesto del auto, desfilaron por sus fauces, prestas a enrostrarse sin tapujos, cualquier temblequeo de la economía familiar. Bernardo volvió a la cama, y mientras bebía a sorbos cortos su Nescafé, rezaba en porteño básico un silencioso: “por qué no se callarán de una reputísima vez”. Y se callaron. El silencio, tal vez por repentino, resultó ensordecedor. Tan así, que deseó volverles a escuchar la cantinela monótona.
Esa tarde entendió, por qué hay tantos fanáticos de los reality shows.

87:


Dudo que el método vaya a funcionar. No digo que no sea ingenioso, a mí mismo no se me hubiese ocurrido, sólo digo que es un poco… endeble. Maldigo el día en que me ofrecí como voluntario. Creí que la parte más difícil era matar a la bestia y fue un trámite: el truco consistía en enfrentarla. Igual que con los miedos, uno les hace frente y enseguida pierden esa pátina lóbrega que los recubre cuando, por temor, se los encierra en el rincón más oscuro del ser. Para mi sorpresa, lo difícil es desandar el camino. Es que con el entusiasmo de enfrentar a la bestia y adentrarme en esos caminos tortuosos, esos vericuetos inextricables, propiamente laberínticos, perdí el sentido de la orientación. Por eso Ariadna pensó en el método del ovillo mágico atado al dintel, pero no contó con los enredos. Más me hubiera valido traer un GPS.

86:

Uno más en ciento cincuenta, con el ritmo cadencioso del pulso de Ahm.

Era tan difícil. Le dolía la cabeza de pensar. Se tiró en la cama, secándose la frente sudada y lloró, como lloran los que saben que no tienen más nada que esconder. Mañana sabría qué hacer, se dijo mientras cerraba los ojos. Cuando volvió a abrirlos era de madrugada, y se respiraba mal por el maldito calor citadino. Hundió la cara en el agua fresca, y se dio cuenta que seguía sin saber qué hacer, y ya era “mañana”. Será por eso, por esa certeza negada, que comenzó a escribir la carta. Sin saber siquiera si iba a dársela. Probó, como el suicida tantea el frasco de somníferos y el vaso de whisky. Probó decir la verdad. Así de simple.

Cuando ella vio el sobre debajo de la puerta, supo al instante que no debía abrirlo. Nunca. Se puso el tapado y salió a la calle. Y no volvió jamás.

85:


Los zombies existen. Hasta hoy creí que eran sólo habladurías, sin embargo vi uno al salir de la habitación esta mañana. En verdad lo que vi fue una sombra saliendo del cuarto de baño como una exhalación, dejando en suspensión coloidal una estela densa y acre. Quise seguirla e intentar reconocer sus rasgos pero se desvaneció en el aire diáfano. Volví al cuarto de baño y allí encontré los indicios que me ayudaron a comprender: el espejo del botiquín trizado, deformando mi cara como en un caleidoscopio macabro; en el lavatorio, tu anillo de oro, machacado, cuya inscripción “Por Siempre Tuyo” ya no se alcanzaba a distinguir; en el piso, la foto que nos tomamos el verano pasado en Saint Martin hecha mil pedazos. Entonces lo concebí, pero es preciso que vos también lo entiendas, Claudia. Nuestro amor se murió, es inútil que trates de revivirlo. Dejalo descansar en paz.

84:

Ahm me mima con un cortísimo más de su colección.
Muchas gracias por estar.

Desnuda, como estaba, miré el vacío. Arrojarme desde allí iba a ser duro. No tanto por la caída, sino simplemente por tener que pararme en la punta y saltar. El vértigo. Las palpitaciones. Ese revoltijo en el estómago. El saber que no habrá quién me sostenga, ni de dónde agarrarme, solamente bajar y bajar hasta las entrañas mismas de la nada. Ahí me desperté. Sudando. Aferrada a la almohada. Con la boca seca de diez mil desiertos.

Desnuda, como estaba, me lavé el rostro. Mi reflejo, proyectado en el espejo, me devolvió una mueca aterrada. Yo no estoy acostumbrada a temer.

Más tarde, presa de la vorágine cotidiana, no volví a pensar en la pesadilla. No fue sino hasta la tarde, en medio de la reunión mensual, que recordé el vértigo, las náuseas, las ganas y el miedo de saltar.

Multinacionales, así les llaman. Coloquialmente les denominamos: picadoras de carne.

83:


Philippe Sansbonheur tuvo suerte de que le asignaran al mejor editor que pudiera hallar en Porte du Ciel. Maurice Ciseaux era capaz de convertir una cinta mediocre en una obra de arte, sin importar el metraje. Su habilidad consistía en la virtud de sacar fotogramas anodinos y dejar solamente aquellos dignos de ser expuestos, con el balance justo de tensión y suspenso, por si, llegado el caso, alguien se interesara en la película, cosa que raramente ocurre con filmes como el de Philippe, destinado a dormir arrumbado junto a las demás cintas clase B a las que nadie mira. Aunque Maurice hizo una excelente labor, Philippe le solicitó que cortara muchas escenas que consideraba superfluas, como la del matrimonio, y otras que excedían el decoro, como la secuencia de la muerte de la madre. Según los registros celestiales, Philippe Sansbonheur falleció a los veintisiete días, cuatro horas y quince minutos.

82:


Media fotografía rasgada de forma desprolija, formando fiordos, dejando al descubierto nada más que su cara, como asomando de una ventana de cartón, parece feliz, o al menos eso se infiere de su mirada con chispas azules, o al menos eso me gustaría creer, sólo media fotografía me queda de ella y la atesoro, porque nada conservo en la memoria, ceguera blanca, impoluto lienzo en vísperas de girasoles, busco en el mar de caras la que coincida con la impresa, no debe estar muy lejos, no puede estar muy lejos, por algo estoy aquí, con media fotografía en el bolsillo buscando sin saber a quién, hay días en los que el desasosiego me gana y me da por pensar que yo mismo la rompí en un momento de ira que no puedo recordar, otros, en cambio, el optimismo me susurra que alguien está buscándome, con la mitad que me complete.