Ahm me regaló esta vez un tríptico en 150.
(Parte I)
Ya estoy dando manotazos de ahogado, me dice, y se duerme. En los 80s bailaba como ninguna, y ahora es mesera en Le Club, uno de esos reductos nostálgicos, que hoy se llaman bares temáticos. Así la conocí, tomándome un Destornillador y oyendo Bette Davis Eyes de Kim Carnes, como quien despunta un vicio privado que casi todos prefieren omitir. Ahí me contó su historia y yo, que soy de creerme hasta la última palabra, no pude menos que sonreír. No le gusta ser digna de pena, así que no se la dedico. En su honor callemos que hace más de diez años que hace algo que no le gusta, ama a quien no debe, y se deja languidecer empecinada. La veo hundirse con la seriedad de un transatlántico, o un rascacielos, y me da ternura, aunque todos sabemos que no quedará para la posteridad como un dinosaurio en extinción.
(Parte II)
Jura que le cuesta mucho focalizar, y que prefiere más vivir en sueños, que vivir de veras. Así las cosas, como si la vida la oyera, la deja dormitar. Un día de estos se va a levantar, y se va a curar de su resfriado crónico, y se va a dar cuenta que fumó tantos Marlboro que podrían construir un Empire State con las colillas. Yo la miro ir y venir, sonámbula inquieta por las calles de siempre, amagando un personaje que le calza bien, y por eso no le creo. Sé que realmente le inquietan las arrugas incipientes, la falta de elasticidad en la piel, ese rostro que ya no se parece al suyo. Sé que realmente le molesta no saber a dónde ir, porque a los 15 lo sabía con precisión milimétrica. Dice que no sabe por qué se olvidó de todo, pero que ahora no tiene remedio.
(Parte III)
No es más que una neurótica simple, en una ciudad de pobres corazones. Se queja de la queja misma, pero no por eso voy a esquivarle la vista. A fin de cuentas lleva mi apellido, y mi nombre, aunque no estoy segura de ser ella. El caso es que un par de veces además de alcanzarle un pañuelo, tuve ganas de abofetearla también. Despertarla de golpe de ese sonambulismo tan suyo, que no cura nada, que no salva a nadie, que no la vuelve aventurera, sino más bien micro-suicida. ¡Las veces que tuve que impedir que se emborrachara de odio!, mojándole la frente, recordándole que tiene mucho por vivir. Me falló el gran potencial, me dice, y se duerme. La veo hundirse con la seriedad de una Atlántida, o un apocalipsis, y me da ternura, porque mientras ella cree que es tan terrible, los demás a “eso” le llamamos simplemente: vivir.