Pudo haber tenido una estrella más venturosa de haber adquirido las características de su madre, que era una verdadera diosa. Desafortunadamente, y todo porque al creer ella en la profecía mudó su preferencia sentimental, heredó las debilidades de su padre, un ser algo oscuro y por eso mismo más cercano a la imperfección que caracteriza a los humanos.
Pero es bien sabido que una madre hará hasta lo imposible cuando está en juego la vida de su hijo, incluso intentará modificar las inquebrantables letras que a hierro y fuego los hados del destino han escrito. Fue así que sumergió al pequeño en un fuentón de agua bendita para infundirle inmortalidad, de modo que su anatomía quedara empapada de ella.
Mas como de algún lugar tenía que sujetarlo, hubo un distrito del cuerpo que el agua no alcanzó a impregnar, permaneciendo entonces vulnerable a cualquier ataque.
—Aquiles, ya no te quiero.